viernes, 27 de enero de 2017

Psicocuriosidades: Clever Hans, ¿el caballo más inteligente de la historia?

Tanto a lo largo de mi formación como en los posteriores años de trabajo, no han sido las pocas veces que algún conocido me ha comentado cosas como que podría usar mis conocimientos psicológicos para entender o adiestrar a algún animal doméstico.

Como amante de los animales, estoy dispuesto a mucho para comprender a nuestras mascotas y por supuesto también a los animales que viven en su habitad natural, pero la anterior frase me crispaba, sobre todo antaño, pues la psicología por definición es "una ciencia que trata el estudio y análisis de la conducta y los procesos mentales de los individuos y grupos humanos en distintas situaciones". Por tanto se entiende que la psicología se refiere únicamente a la conducta y mentalidad humana, que es distinta en muchos aspectos a la animal, aunque se parezca en otros tantos y buena prueba de ello tenemos en la psicología comparada.

Por otra parte, sí existe una especialidad científica centrada en el comportamiento animal, que combina conocimientos psicológicos y biológicos entre otros, llamada etología. He creído necesario hacer esta distinción antes de hablar de la curiosidad de hoy, pues involucra tanto a humanos como a un animal muy especial.

Y es hoy hablaré de cierto suceso que pasó a la historia por lo extraño del mismo. Clever Hans, Hans der Kluge en alemán originalmente, o Hans el Listo era un caballo que alcanzó la fama en la Alemania de principios del siglo XX debido a su inusual capacidad de realizar operaciones matemáticas, así como otras tareas que requerían una inteligencia mucho mayor que la del caballo promedio. Aparentemente sabía sumar, restar, multiplicar, dividir, decir la hora y usar un calendario entre otras cosas, y en los espectáculos que su entrenador,  matemático por cierto, esto parecía quedar bien patente.

Su propietario lo exhibió públicamente, mostrando sus increíbles habilidades en un espectáculo en el que al caballo se le pedía que contestará a ciertas preguntas y el animal respondía golpeando con sus patas la respuesta acertada, sistema que parecía ser la prueba de que en aquel show no había ni trampa ni cartón.

Lógicamente, los científicos tenían dudas respecto a que dicho animal fuera tan inteligente, de modo que se llegó a crear una comisión con el propósito de investigar. La comisión Hans, como se le llamó, fue dirigida por el psicólogo Carl Stumpf, quién reunió a un variopinto grupo de trece personas, entre los cuales podíamos encontrar psicólogos, filósofos, veterinarios, domadores de circo, oficiales de caballería, profesores y el director del zoológico de Berlín. La comisión realizó varios experimentos, controlando la situación para determinar si la conducta mostrada por Hans escondía algún truco. Entre otras cosas, se controló el contacto entre el entrenador y el caballo, y aquí resultó residir la clave del asunto.

La conclusión inicial fue que, el espectáculo no se trataba de ningún fraude ya que el caballo podía acertar la respuesta incluso cuando su entrenador no formulaba la pregunta. No obstante, el psicólogo y biólogo Oskar Pfungst, asistente de Stumpf, descubrió que Hans solo parecía acertar cuando su entrenador estaba presente, o al menos al alcance de su vista. Puesto que Von Osten además del entrenador de Hans era matemático, casi siempre solía conocer la respuesta a la pregunta formulada. Cuando esto sucedía así el caballo acertaba casi todas las preguntas, pero cuando Osten no sabía la respuesta el animal acertaba tan pocas veces que podría atribuirse los aciertos al azar. Un estudio detallado reveló que cuando Hans acercaba su pezuña a la respuesta correcta su entrenador cambiaba ligeramente su postura y expresión.

La comisión concluyó lo que debería haber sido una realidad obvia, que el caballo en realidad no era quien realizaba las tareas, y que lo que hacía era reaccionar ante su entrenador Wilhelm von Osten, y concretamente al lenguaje corporal de este y a las señales involuntarias que mediante él hacía. Todo hay que decirlo, debía ser un caballo bastante espabilado para reconocer dichas señales.

En recuerdo de este tipo de situaciones se llamó "Efecto Clever Hans" a cierto fenómeno que se da en experimentación y que describe cuando el investigador influye al sujeto de estudio sin proponérselo, alterando así los resultados. Esto a la larga llevó a la creación de la técnica del doble ciego, en la cual el experimentador desconoce el resultado correcto, precisamente para impedir esta influencia.

Y es que tras sus conclusiones en el caso Hans, Pfungst pensó que la capacidad para interpretar el lenguaje corporal no podía estar limitada a los caballos, por lo que ideó pruebas de laboratorio en las que humanos tenían que realizar tareas bajo condiciones similares a las del caballo, esto es, recibiendo las preguntas de parte de un examinador que conocía las respuestas.

Según concluyó, la mayoría de las veces el examinador muestra en su postura, gestos y expresión, señales involuntarias de cual es la respuesta correcta, independientemente de si dicho examinador desea exponer o reprimir dicha información. Este fenómeno ha demostrado tener un gran efecto en toda clase de situaciones de evaluación si no se controla y es por ello que a día de hoy es tenido en cuenta en todo diseño experimental, necesitándose una metología adecuada para anularlo.




Fuentes:
Wikipedia (Imágenes)

viernes, 20 de enero de 2017

El padre narcisista

El siguiente texto en cursiva es una adaptación del artículo "The Narcissistic Father", publicado en Psychology Today por Mark Banschick.

"La mitad del daño que se hace en este mundo es producido por gente que que quiere sentirse importante. No buscan necesariamente dañar a los demás, pero cuando lo hacen no les importa, ya que o bien no se dan ni cuenta, o bien lo justifican para mantener la valoración positiva que hacen de sí mismos." T.S. Eliot

Seguro que solías pensar que cuando tuvieras veintitantos y sobre todo cuando llegaras a la treintena de años ya habrías alcanzado cierta cantidad de éxito en tu vida. Tu carrera laboral estaría en marcha, tendrías tu domicilio, una relación estable y cualquier otro deseo que tuvieras tu en particular.

Sin embargo, en la mayoría de casos seguro que muchos de estos proyectos vitales están lejos de satisfacerse. Esto por supuesto afecta a la confianza que tienes en ti mismo, y puede que si miras atrás y piensas en tu infancia te venga a la mente tu padre, una persona llena de confianza, exitosa, popular, con amigos y trabajo, y sobre todo que nunca dudaba de sí mismo, no como tu.

Cuando acudía a un evento social, tu padre conocía a todo el mundo, todos le prestaban atención y casi toda la acción parecía girar a su alrededor. Si lo pensamos ¿es posible que tanta confianza pudiera llegar a ser arrogancia? Si lo anterior coincide con tu caso es posible que fueras criado por un padre (o madre) con rasgos de personalidad narcisistas. Si este es tu caso, ¿cómo puede que te afectase?

Cada familia es un caso concreto y por tanto cada una forma una estructura social con sus propias reglas, secretos y patrones de conducta. Cómo esto es lo único que conocimos en nuestra infancia, tendemos a actuar, no siempre de forma consciente, como si todas las madres y padres estuvieran hechos con el mismo molde que los nuestros, y que cuando oímos de progenitores muy distintos a los nuestros, es porque en general son distintos a la media. Esto es, tendemos a pensar en nuestros padres como la norma general. Por eso, si creciste con un padre narcisista, posiblemente nunca lo supiste y en su lugar siempre asumiste que todos los padres se comportaban y pensaban de forma similar.

Para saber si realmente conocemos a alguien con una personalidad narcisista, expliquemos que distingue a estos individuos del resto, y en concreto cuando ejercen su rol de padre:



  • Centrados sobre todo en sí mismos, vanidosos: Se ven y hablan de sí mismos como si fueran importantes, se creen superiores y por tanto capaces de logros que los demás no.
  • Usan a la gente en su propio beneficio: Utilizan a los demás aprovechándose de ellos, pudiendo contactar con cada uno solo cuando le conviene, ignorándolos después. En general, consideran que los demás deberían ayudarle y ofrecerle lo que pide, esté este pensamiento justificado o no.
  • Son carismáticos: En general, atraen la atención e incluso la admiración de la gente, saboreando además esa atención. Les encanta ser el centro de las miradas, pues de hecho creen que lo merecen.
  • Fantasean en exceso: En este caso no hablamos de una imaginación como los demás, hablamos en cambio de personas tendentes a fantasear acerca de sus éxitos, prestigio y capacidades. Además, a menudo exageran sus logros, de forma tan natural que hasta ellos mismos se los creen y en consecuencia sus metas son poco realistas.
  • No se toman bien las críticas: Las críticas les hieren verdaderamente, por lo que suelen reaccionar mal ante ellas, ignorando a quienes las emiten, eliminándolos de sus vidas o incluso tratando de devolverles el daño, según casos.
  • Cuando se enfadan dan miedo: No necesariamente son personas violentas, pero cuando se enfadan expresan de forma muy evidente este disgusto, ya sea con gritos, insultos, o algunos de ellos llegando incluso a agredir a quién les ha contrariado.
  • Son distantes y poco empáticos: Lo anterior es debido a que, independientemente de lo emocionales que son, tienen problemas para usar la empatía, mostrándose en general indiferentes ante los sentimientos ajenos. Como dijimos, no necesariamente desean el mal ajeno, y puede que hasta cierto punto se preocupen de quienes le rodean, pero desde luego no es su punto fuerte al estar tan centrados en sí mismos.
  • Buscan constantemente la gratificación y aprobación social: A pesar de su ego desmedido, necesitan saber que los demás les valoran igual que ellos mismos. Es por ello que los padres narcisistas pasan más tiempo sin su familia que otros padres. Además, fácilmente valoren más la opinión de personas externas a la familia, sobre todo cuando más influyentes las consideren, que lo que piensen de él sus hijos.
  • Siempre hacen lo que les gusta: Como dijimos, los narcisistas tienen problemas para ponerse en la piel de los demás, y es por ello que cuando han de realizar actividades con otros tenderán a proponer actividades que les gusten. Esta actitud incluye sus interacciones con sus propios hijos, y cuando estos les pidan jugar con ellos el padre normalmente intentará que el niño juegue a alguna cosa que a él le gusta, asumiendo que al niño "lógicamente" también le gustará.
  • Les gusta presumir de sus allegados casi tanto como de sí mismos: Esto incluye sobre todo a sus hijos, ya que sobre ellos puede permitirse cierto control que con los demás no. Por tanto, si estos resultan tener cualidades sobre las que presumir, las magnificarán, mientras que si tienen defectos tenderán a no mencionarlos o incluso negar su existencia, o al menos frente a los demás ya que la actitud en familia puede ser muy distinta. 
  • Es difícil conseguir de ellos lo que (emocionalmente) necesitamos: Este aspecto es especialmente importante al ejercer su rol de padre o madre, pues aunque cumplan con sus obligaciones a nivel material, no suelen hacerlo en otros niveles más sutiles. Por ejemplo,  su hijo/a requerirá su atención y afecto pero solo atenderá esas necesidades de forma esporádica y seguramente cuando al propio padre le venga bien.

Puede que las características antes mencionadas te suenen de algo, puede que no. Hay que tener en cuenta que un individuo con personalidad narcisista no tiene, ni suele, mostrar todos los rasgos descritos, aunque presentará la mayoría. Por otra parte nos podemos encontrar con sujetos que poseen unas pocas de estas características, y en este caso hablaríamos de alguien con rasgos narcisistas, no de un desorden de personalidad en sí mismo.


El problema inherente a la clasificación de los trastornos de personalidad

Para lo mayoría de la gente la palabra narcisista no significa exactamente lo mismo que para los psicólogos, y además como hemos visto podríamos encontrar rasgos narcisistas en muchos de nosotros, pero no hay que preocuparse pues esto es bastante normal y dista mucho de llegar a ser un trastorno de personalidad.

El término narcisista, entendido como un trastorno en sí y aunque útil desde el punto de vista clínico,  no está exento de controversia. En realidad, como muchos diagnósticos psicológicos,  es una clasificación un tanto arbitraria y responde más a su utilidad a la hora de organizar nuestro conocimiento al respecto de este tipo de casos, que a descripciones reales de individuos concretos, y es por eso que los rasgos antes descritos no son una lista que el sujeto debe cumplir para recibir el diagnóstico y si más bien unos criterios acumulativos, de modo que si se reúne cierta cantidad de ellos podemos efectuar el mencionado diagnóstico.

Por supuesto, como todos los trastornos psicológicos, los rasgos descritos han de ser expresados con una intensidad y/o en una forma tal que cause algún perjuicio al individuo. Según el DSM-V, una personalidad narcisista se define por ser un patrón de personalidad tendente a "grandiosidad, necesidad de admiración y falta de empatía". 

Buscan ser admirados, y consideran tener con más derechos que los demás debido a que se creen más importantes, abusivos, faltos de empatía, sienten fácilmente celos cuando otros logran lo que ellos no, y además son arrogantes. Otra característica típica es la falta de respeto a los límites sociales, debido a sus dificultades para darse cuenta de las necesidades ajenas.

Teniendo todo esto en cuenta, volvamos al tema que nos ocupaba, que es cómo puede afectar un padre narcisista a sus hijos e hijas.


El padre narcisista

Un padre narcisista normalmente podrá causar daño psicológico a sus hijos. Por ejemplo, mostrándose indiferentes a los lazos entre ambos, manipulando a sus hijos para obtener su afecto, e ignorando las necesidades de estos en favor de las suyas propias. Además, puesto que la imagen que proyectan hacia los demás es tan importante para ellos, exigen la perfección en sus hijos para así poder incluirlos en esa imagen perfecta que muestran al resto, pues consideran a sus hijos como sus logros. Esto puede causar en el hijo una presión continua por mejorar en todo lo que hace, piensa o dice. Teniendo en cuenta la falta de comprensión que tiene un menor respecto a un adulto, seguramente no se de cuenta de lo que sucede y o bien intente cumplir los deseos de su padre, lo cual tenderá a ser imposible y le costará gran sufrimiento, o bien elegirá eventualmente ignorar las exigencias paternas, con lo que igualmente sufrirá el mencionado daño psicológico y la relación padre-hijo quedará perjudicada.

Veamos algunas formas en que un padre narcisista puede afectar a su hijo o hija, ya que existe cierta tendencia a experimentar esta situación de forma un tanto distinta en cada caso:

Hijas de padres narcisistas: Normalmente refieren no sentirse satisfechas con sus necesidades de atención por parte del padre, lo cual puede agravarse si tienen hermanos con los que tendrán que competir. De pequeñas pueden recibir halagos del padre pero conforme crecen estos desaparecen o bien siguen siendo igual de superficiales, por lo que cada vez demuestran ser más insuficientes. Lógicamente esto puede afectar el desarrollo de su personalidad hasta llegar a la adultez, siendo la distancia paternofilial un tema que causa preocupación y desasosiego, de modo que posiblemente busquen el éxito para obtener la aprobación paterna, aunque esto por supuesto no la garantiza.

Puesto que con un padre así nunca será suficiente, las relaciones sociales y familiares que posteriormente se desarrollen se verán ciertamente condicionadas. Al crecer, estas personas pueden verse más afectadas cuando sean rechazadas por otros, podrían sentirse demasiado ansiosas ante compromisos y por tanto evitarlos, o buscar tan desesperadamente el éxito que nunca tengan suficiente. Adoptar para sí mismo la personalidad narcisista es también otra de las posibilidades, con las evidentes consecuencias negativas que ello comporta.

Hijos de padres narcisistas: Los daños psicológicos que usualmente encontramos en niños son un tanto distintos, ya que el niño tiende a compararse con la figura paterna, y en este caso no sentirá jamás que pueda alcanzarlo. Además, la comparación será todavía más evidente si el padre compite directamente con el hijo, o más bien le hace competir.

Como naturalmente un niño no puede vencer a su padre en casi ninguna circunstancia que implique una competición, cuando finalmente el niño sea adulto habrá interiorizado la idea de que su padre es categóricamente mejor que él en todo. Aun así, es posible que el joven y posterior adulto intente lograr el éxito en cualquier ámbito de su vida para así conseguir la atención paterna y algo que se parezca a un atisbo de orgullo por parte del progenitor. No obstante, por mucho éxito que logre, un padre narcisista no mostrará generalmente ese orgullo, aunque a veces pueda sentirlo, y esto afectará gravemente a la relación entre ambos.

Igual que en el caso anterior, una de las peores posibilidades es que el hijo acabe imitando el patrón de conducta y personalidad del padre y se convierta a su vez en un narcisista, compensando la falta de amor recibido mediante un gran amor propio, que aun así necesitará de la aprobación externa continua.

Por tanto, ¿cómo podemos enfrentar esta situación cuando creemos que nuestra infancia fue afectada por una situación similar?
  • Acude a terapia: Este puede que sea un consejo obvio, pero puede ayudarnos a entender lo que nos pasa, cómo nos afecta, nuestro padre, y cómo, si es posible, podemos reencontrarnos con él aceptando que su peculiar forma de ser no nos debe afectar más, disfrutando de su presencia sin sentirnos empequeñecer.
  • Acepta a tu padre: Puede que sea arrogante y que su necesidad de atención constante pueda llegar a ser exasperante, pero la mejor opción es aceptarlo. No me refiero con esto a permitirle que nos dañe sin consecuencias, pero es mejor pensar en él como un padre al que podemos querer a pesar de sus defectos. Si le negamos el poder de dañarnos, ya solo queda aprovechar lo que pueda ofrecernos. Lo cual nos lleva al siguiente punto.
  • No dejes que te haga daño: Cuando interactuemos con él y tenga por ejemplo un arranque de ira, puedes simplemente marcharte, no sin antes dejar claro que lo haces porque esa situación no es constructiva ni te aporta nada. Deja que sea su problema, no el tuyo.
  • Corta los lazos: Por supuesto no es la solución preferible, pero en aquellos casos en que el padre sea especialmente peligroso o presente una actitud exageradamente tóxica sí puede ser la mejor opción. Cuando llegamos a adultos, nosotros decidimos y no hay motivo para permitirle que nos convierta en víctima de sus comportamientos abusivos.
  • Limitar su influencia: La larga sombra del padre narcisista nos puede influir más de lo que pensamos, pudiendo llegar el hijo a identificarse con el patrón de conducta social que presente el progenitor. Por otra parte puede que el hijo/a desarrolle un carácter ansioso, pues ha aprendido que no puede confiar en que los demás le presten atención cuando lo necesite. Por eso, hay que intentar a toda costa evitar esa influencia.
  • Ten expectativas realistas: No esperes que tu relación con la persona narcisista se base en el respeto mutuo y el afecto recíproco. Ellos son egoístas por naturaleza y no suelen postergar sus necesidades para atender las ajenas. Como adulto, debes aprender a entender la situación y como decíamos no dejar que te afecte, en la medida de lo posible. Para esto es indispensable mantener unas expectativas realistas, de modo que sepamos qué podemos esperar y qué no de esa persona.
  • Aprende como tratarlo: Cuando necesitas algo de una persona narcisista, convéncelo de que obtendrán algún beneficio con ello. No digo que le mientas, pero estará más a favor de tu causa si además de lo que tú puedas obtener él también sea participe de ese éxito.
  • No dejes que sus juicios nublen el tuyo: O lo que es lo mismo, no dejes que sus críticas te hagan pensar que eres menos importante de lo que eres realmente. En relación a esto, puede que no te interese confiarles cierta información o compartir con ellos tus éxitos a la espera de su reconocimiento. Si sabes que seguramente no recibirás el trato que mereces, busca apoyo en alguien en quién sí confíes.
  • El conformismo es una opción: Puede parecer un mal apaño pero en estos casos no debemos descartarlo, pues al interactuar con un padre narcisista del cual no queremos alejarnos permanentemente, puede ser más fácil y requerir menos esfuerzo aceptar sus deseos si creemos que la discusión no nos será útil en este caso concreto. Ojo, no digo que debamos acatar sus órdenes en general, pero sí que en algunas ocasiones podemos valorar la situación y si no nos afecta negativamente, simplemente seguirle la corriente.
  • El enfrentamiento también es una opción: En general los narcisistas se suelen salir con la suya porque los demás se lo permiten, aunque sea por su pasividad. Lógicamente, si estamos decididos a impedir esto deberemos mantener firme nuestra postura ante ellos y además expresarles que su actitud nos resulta inaceptable. Fácilmente esto provoque una reacción negativa por su parte, quizás su enfado, pero llegados a ese punto no hay que dejar que nos afecte y hemos de recordar que como adultos podemos comprender mejor la situación y a nuestro padre, siendo por tanto menos vulnerables a sus actos. Recordemos eso sí, que los narcisistas odian las críticas.
  • Compadécete de él: Sí, su arrogancia no facilita que simpaticemos con él, pero si lo piensas un momento, alguien que necesita cumplidos, atención y la aprobación de los demás de forma continua, en realidad bien merece que nos compadezcamos de él, pues también sufre por ello. Esta es una buena forma de mejorar la relación con un padre narcisista, pues hasta cierto punto nos puede valer la pena, aunque a él le cueste entender nuestra nueva actitud.
Dicho lo anterior, aunque es difícil con un padre narcisista sin verse afectado, seguro que también has encontrado a lo largo de tu vida con otras personas que también han influido, y en su caso para mejor. En concreto puede que en tu propia familia puedas encontrar individuos con los que te sientas más identificado o con los que simplemente tienes una mejor relación, como puede ser tu madre, hermano/a o abuelo/a. También podemos encontrar personas afines en las que confiar, en amistades o en otros contextos, como pueden ser profesores, entrenadores, terapeutas, etc. 

Por supuesto, es importante en estos casos tener claro nuestra propia valía. Nuestra grandeza no depende de nuestros éxitos, ya que existen muchas más cosas en la vida. Hay ahí fuera grandes hombres y mujeres de los que nunca oiremos hablar pues el mundo no reconoce sus talentos, pero no por eso son menos importantes.


Un último apunte

A todo lo anterior, me gustaría añadir un aspecto del padre narcisista que conozco bien debido a mi labor como perito psicólogo. En los casos de guarda y custodia de menores, normalmente nos encontramos con un padre y una madre que luchan por dicha custodia, y que se enfrentan en un procedimiento judicial pues por las razones que fuere no han conseguido llegar a un acuerdo sobre cómo repartirse el tiempo que pasan sus hijos menores en común con cada uno.

Dejando de lado casos en que alguno de los dos progenitores incumple gravemente su rol como tal, sea agrediendo o abusando del menor o simplemente siendo negligente con los cuidados que debería proporcionarle, nos encontraremos a dos personas que creen por igual que están capacitados para ser padres y habitualmente, que el otro progenitor no.

Incluso en los casos en que la motivación es la adecuada, podemos encontrarnos con que uno de estos padres no cuida adecuadamente al menor pero además no reconoce sus faltas. No me ha ocurrido pocas veces el encontrar un padre que está verdadera y genuínamente convencido de que ejerce su papel de forma estupenda e inmejorable, y que además la prueba está en que sus hijos le adoran, para luego comprobar a través de los hijos y mediante otro tipo de pruebas que esa persona descuida notablemente los cuidados que los menores necesitan.

En este tipo de casos que describo, no es raro que los menores en cuestión tengan cubiertas holgadamente sus necesidades físicas (alimento, vivienda, ropa e incluso caprichos) pero que luego no compartan tiempo de ocio con los niños, no escuchen ni se interesen por lo que les ocurre a estos, ni por como se sienten. El resultado es un padre que cree que lo está haciendo todo perfecto y merece (¿os suena?) elogios al respecto, mostrándose sorprendido cuando otros no interpretan la situación igual que él, y aún más cuando son los propios menores los que refieren no sentirse queridos por el progenitor.

El resultado en estos casos es que los niños sienten cada vez menos apego al romperse la unión familiar, pues les resulta imposible no comparar el trato recibido por ambos padres. Si hay un padre narcisista, llevará las de perder, y poco a poco la relación padre-hijo irá dañándose, algo que en muchas ocasiones el adulto recrimina al menor y achaca a que el otro progenitor le está adoctrinando en su contra. Como decía el texto de Banschick hacia el final, compadeceos del narcisista, pues su conducta y actitud le conducen con toda probabilidad a la soledad.

martes, 17 de enero de 2017

Preguntas de los lectores: Preocupación excesiva

Año nuevo, facebook nuevo, tarifas nuevas y sección también nueva. Ya que me llegan continuamente preguntas tanto al blog, como en las redes sociales, en la consulta e incluso de parte de amigos y conocidos, he considerado buena idea publicar las más interesantes y que puedan resultar de alguna utilidad a los asiduos del blog. Empezamos hoy con la primera:

"Ocasionalmente me vienen a la mente imágenes en que a mi o a mis seres queridos les ocurren cosas terribles. Tengo miedo de que sea un indicio de enfermedad mental, aunque me ocurre desde siempre."

Cada individuo posee unas características tanto físicas como mentales que le hacen único, incluyendo su personalidad y forma de ser. Igual que existen personas más tendentes que otras al enfado, también existen otras que se deprimen con más facilidad o que se preocupan más frecuentemente que la mayoría.

Por sí mismas ninguna de estas características es indicativa de patología o trastorno, y hay que observar no solo la forma en que se expresa esa manera de ser sino también la intensidad y frecuencia en que lo hace y cómo afecta al sujeto y a quienes le rodean.

Así por ejemplo, existen personas muy despreocupadas y otras que parece que se preocupan por todo, pero ninguna de esas dos características indican patología alguna a no ser que se den en una proporción tal que afecten al normal funcionamiento del individuo.

Por ello y dada la situación que comentábamos, habría que analizar el caso en detalle para determinar si existe realmente afectación psicológica. No obstante, y para clarificar, hay que tener en cuenta que la preocupación y los estados de alerta tienen un sentido evolutivo, esto es, una razón de ser y una función en nuestras vidas.

Un caso muy típico y que seguramente casi todos hemos vivido es cuando alguien conocido se sube y sienta en una baranda, pasamanos o similar, y a sus espaldas queda una caída más o menos grande. En estas situaciones es muy fácil que aunque racionalmente sepamos que esa persona apenas corre peligro, entremos en un estado de cierta tensión y por un instante le imaginamos cayendo al vacío.

Si lo pensamos, esta reacción tiene todo el sentido del mundo y es muy natural pues aunque seguramente esa persona no se caiga, el peligro existe. Preocuparnos ante situaciones que pueden ser peligrosas nos hace precavidos, evita que nos dejemos la puerta de casa abierta, que caminemos por en medio de la carretera, y también que dejemos que nuestros hijos pequeños vayan solos a lo hondo de la piscina.

Este instinto de supervivencia nos es innato y además se extiende a todos nuestros seres queridos, e incluso a veces a desconocidos según la situación. Por tanto, no hay que temer preocuparse de los demás, siempre y cuando este temor, como dije antes, no nos afecte demasiado ni se extienda a situaciones en las que no resultaría coherente. Por ejemplo, es lógico preocuparse cuando nuestro hijo va a subirse a la bici y por ello le pedimos que se ponga el casco, pero no sería razonable impedir que monte en la bici porque temamos que se caiga y sufra alguna lesión grave.


Dicho lo cual, si aún pensamos que en nuestro caso concreto puede que suframos de preocupación excesiva, lo mejor es buscar a un especialista para que analice el caso, nos saque de dudas y si es necesario diseñe un plan terapéutico.

No dudes en echar un vistazo a la sección "Datos de contacto" si necesitas ayuda psicológica en la zona de Xátiva o alrededores, o si estás interesado en realizar una consulta online.